domingo, 13 de noviembre de 2016



Yo sabía que le había escrito a la luna, compañera en la oscuridad.
Septiembre 1998


Mi Luna

Yo puedo escribir de la Luna
porque siempre le hablé a la Luna.
Aquel testigo mudo
de tantos encuentros.
          
La Luna,
sólo ella 
sabe que una media luna
puede ser faro en las sombras
o una rendija por donde se escapa
la eternidad

La Luna,
sólo ella 
sabe de esas lágrimas 
que más de una noche 
se desparramaron como estrellas
sobre mi almohada.

La Luna,
sólo ella
pudo devolverme un poquito de la luz
que me había robado el cielo.

La luna, 
Nuestra Luna, 
Perla de mi universo,
Anhelo en mi oscuridad.

La luna, 
Nuestra Luna,
la misma que un impiadoso decapitador de ilusiones
dejó morir en mis manos

“La luna es un astro que ni siquiera tiene luz”

¿Y mi Luna ?
¿Y nuestra Luna ?
Quién contestará estas preguntas,
si ya no estás acá, mamá.


Hoy buscando algún escrito sobre la luna encontré esto que escribí en octubre del 97. Ni sabía que existía.  Es un poquito pedante... pero es parte de mi historia, de como creci.  Hoy a nadie le diria "Escribe" imperativamente... en todo caso le pediria por favor y despues para dejarme leerlo.

CARTA DE ALGUIEN, QUE SIN SER NADIE, SE ANIMÓ A ESCRIBIR

Del sol y la luna,
de la lluvia y el viento,
escribe.

De tus amores y tus guerras,
de tu llanto y tu risa,
escribe.

Porque no hay razón tan poderosa
ni causa suficiente 
que te impidan escribir.

De los océanos y las estrellas,
de las acacias y golondrinas,
escribe.

De tu soledad y tus amigos,
de tus obsesiones y pasiones,
escribe.

Porque no hay critico tan importante
ni estilo tan tajante
que te impidan escribir

Escribe...
Explora en tus miedos
Revuelve los sentimientos
Nada en tus emociones
Gráfica los hechos
Vuelca tu alma.
Escribe.

No tengas miedo
porque todos tenemos algo
que decir.
No te avergüences
porque todos tenemos algo
que oír.

Por favor, escribe.


Ombligo (1999)
En el medio de la panza tengo un botón. Mamá también tiene su botón, papá también y mi hermanita también.
Yo no sé para qué sirve mi botón. A lo mejor sea un ojo dormido, o por ahí cuando sea más grande se abra y pueda usarlo para comer más rápido o el doble, sólo si la comida es rica. Mi botón no necesita hilo y mamá dijo que nunca se va a descoser. Siempre va a estar ahí. Por ahora no hace nada, pero todo el mundo lo usa. Mi abuela lo hace sonar como un timbre, mamá lo llena de besos cuando me cambia y mi hermanita, a veces, me lo aprieta.

Yo sé que mi botón tiene muchos nombres, pero yo prefiero llamarlo botón y creer que cuando era muy, pero muy chiquito, estaba abrochado a la panza de mi mamá.

Cuenta pendiente 

Padre e hija estábamos frente a frente. La bronca martillaba mi alma, y aunque hoy todavía me cueste admitirlo también el odio. 
Los tajos en el corazón sangran dolor.
Esta vez no me importaba si él estaba dispuesto a escucharme, yo necesitaba decirlo. Abrir la puerta de mi jaula. 
“Papá sos tan hiriente. Me lastimaste tanto...”  pero no pude seguir porque él se derrumbó como un viejo león herido sobre su sillón y agarrándose con las dos manos el pecho empezó a gritar  
“Me ahogo, me muero. Es mi corazón... Llamá a alguien”.
Un frío metálico me penetro en la punta de la cabeza  recorriéndome toda la espalda. El drama de la escena congeló el tiempo. Quería volver para atrás y borrar de un plumazo los últimos minutos. ¿Cómo se me había ocurrido hablar? ¿Por qué ahora después de  tantos años? ¿Con que fin?   
Estaba muy asustada. Dentro de mi pecho podía sentir como el corazón  temblaba. Un grito sordo de auxilio se ahogo en mi garganta. 
De repente  abrí los ojos y estaba en mi cama. Rodrigo dormía al lado mío y las estrellas seguían titilando en la noche. Una calma espesa reinaba en el cuarto. El galope de la sangre corriendo por mis venas retumbaba en mi cabeza.
 Papá no estaba muerto y yo no había hablado con él, cosa que creo nunca podré hacer.

Papá desde muy chica me enseñó a callar. 
Papá desde muy chica me enseño la culpa.

viernes, 11 de noviembre de 2016




De Francia me traje azúcar en cuadraditos, como los que habia en lo de mi querida abuela Beli. Pense que no existian más, que se habían ido con ella.
Pero la vida  tiene esto de lindo... descubrir que nadie se va totalmente y que si uno esta atento  nos podemos encontrar hasta en una góndola de supermercado...
En un Terrón de azúcar.


Cuando enseñar se convierte en una experiencia divertida.
Disfrazada del cieguito Bartimeo rumbo a sala de 5!!!
Toda una aventura de aprender y enseñar.

miércoles, 9 de noviembre de 2016


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Y UN DIA BAILE

Cuando era una niña, o dejando de serlo…  En esa edad donde los miedos están a la orden del día, y las inseguridades afloran como los granos en los momentos y lugares menos pensados. En esa edad donde ya es un drama aceptar que las  lolas crecen desparejas  y el culo se infla como un globo aerostático, mi madre tuvo la feliz idea de proponerme hacer baile escoses.
Antes de continuar con mi relato voy a hacer dos aclaraciones. En el colegio al que iba todos los miércoles había optativo clases de baile escoses (nadie me pregunte sobre el porque y la utilidad de esto) y mi madre del corazón, no sanguínea, era irlandesa y  quería que yo bailara. Hoy mirando para atrás creo que hasta el momento no había entendido que por mis venas solo corrían espesos coágulos  gallegos y que lo más parecido que tenía a los irlandeses era una peca al costado de mis caderas.  Pero ella quería verme bailar con la boina entre las gaitas y polleras.
Así  fue como ese año en la lista dela exigente Miss Silvia figuraba entre las Doulan, Horsbourgh, Fellener O’tolle, una García (en esta oración cualquier comentario sería redundante), con mis empanaditas gallegas, tratando de no caerme de arriba de mis dedos gordos. Durante las primeras lecciones  las profesora recorría toda la fila de niñas  tratando de enseñarnos un “vadeva” y “punta-talón”, al cabo de un tiempo dejo de visitar el último lugar (el mío).

Los meses pasaron y llegó la muestra de fin del baile. No se porque jugada de la mente tengo borradas las precisiones y  sensaciones de esa fecha. Solo recuerdo  que ese día la estructurada Miss Silvia quebró con algunas de las tradiciones escolares y no le importó que fuera  la más petisa y que por criterio común me correspondía estar adelante y que mamá aplaudió loca, como si verdaderamente acabara de obtener la ciudadanía irlandesa y hasta se emociono  cuando mi mano se asomó por detrás de la odre y el brazo del gaitero.
Pero si uno cree que pasada la muestra había transcurrido lo peor se equivoca, porque a dicho evento le siguió la entrega de medallas. Ese año las autoridades del colegio que estaban empapadas de psicología habían decretado que todas las chicas de séptimo grado debían ser premiadas con una medalla para elevarnos la autoestima. Un reconocimiento para cada una delante de todo el colegio sonaba “estimulante”.
El segundo gran día de esta experiencia no se hizo esperar.  Ubicaron a todos los grados más altos  del colegio primario en el Hall central y a diferencia de otras entregas de premios, luego de un emotivo discurso empezaron dando los mejores premios: las medallas de oro. Cada bailarina que era nombrada tenía que acercarse a una tribuna improvisada en un costado mientras el resto aplaudía. Hubo siete medallas de oro (mi mejor amiga ganó una), 16 medallas de plata y una medalla de cobre…  No hace falta decir quien obtuvo esta última. Tuve  que levantarme entre toda las chicas del colegio tratando de mantener la frente en alto e ir a recibirla mientras los directivos me saludaban calurosamente convencidos de que estaban haciendo una obra de bien con mi autoestima.


domingo, 6 de noviembre de 2016



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Se reconocieron. Se tomaron de las manos y comenzaron a marchar.
Ejército sin armas. Muro inquebrantable, de corazones quebrados. Ola de zapatos rojos que devoraba las calles de la ciudad.
Estoicas, secas de tanto llanto sin explicación ni justicia, llevaban el cartel de sus hijas en el pecho y el “ni una menos” tatuado en el alma.
Marita Veron. Ángeles Rawson. Florencia Penacchi. Érica Soriano. María Cash. Micaela Bravo. Lola Chomnalez. Melina Romero.
Tristes estandartes de una batalla a la que a ninguna familia deberían convocar.
La sola presencia de esta procesión enlutaba la Capital y quienes las cruzaban no podían más que inclinarse ante tan sagrado dolor.
Atrás de ellas miles de otras: anónimas, doloridas, asustadas y convulsionadas; leventemente iluminadas con el candil de una vela, las sostenían con sus gritos. Mujeres del calvario las llamaría Lucas en su Evangelio, mujeres de llantos y gemidos; que se dejaron atravesar por el dolor de aquellas que por la oscura voluntad de algún hombre habían tenido que enterrar a sus hijas. Ellas, las de atrás, se permitían clamar, doblarse, putear, bramar.
Las madres no hablaban. No gritaban. Ya ni siquiera lloraban. Sólo caminaban, como zombis tomando la ciudad; como cansados espectros viviendo la eternidad. Algo las hermanaba y no era un cartel, sino las miradas que traspasaban esta historia buscando vida en otra dimensión.
No necesitaban decir. A muchas ya las habíamos oído una y mil veces en la televisión rogando por sus hijas. Implorando en algún momento piedad y en otro, justicia.
Derrotadas por la realidad, y de pie por la honra avanzaban por el asfalto.
Estériles en palabras. Una densa sombra las cubría. Ya no era tiempo de cámaras ni de pedidos de misericordia. Todas caminaban arqueadas por el peso de un punto y aparte en sus espaldas.
Su silencio era más ensordecedor que cualquier grito y como una púa afilada, traspasaba el corazón de realidad.
Sus gargantas acalladas laceraban.
Sus ojos sombríos quemaban.
Sus interrogantes asesinados disparaban.
Y todos nosotros, espectadores mudos, sabíamos lo que ellas decían cuando callaban.
14 de junio


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Con la mirada en el suelo
Fui olvidando estrellas
y me abrace hombre de tierra
Civilizado
Encadenándo con orgullo a las leyes de la vida.
Olvidando como desplegar velas.

Tomo prestada esta imagen común:
“Soy animal de costumbre”
Para llenarla de rutinas, comportamientos,
preguntas, e interpelaciones.
Soy animal de costumbre.
Sosegado,
Aplacado,
Amansado.
Contrapongo el sedentarismo y el peregrinar,
Como si vivir se tratara de una elección entre ambas.
Sin asomarme a la vida que despierta
En la grieta.
Yo que fui educada para permanecer
Obediente, dócil, y maleable.
Hoy deseo volverme intrépida y liviana
Y aprender a desacampar tiendas,
Andar nuevas oportunidades
Con los ojos y las manos abiertas.
Pido la audacia al viento,
Pido las alas de los pájaros en vuelo,
Pido manada,
Pido empujones,
Pido palabras de aliento,
Pido cargas livianas,
Pido posadas donde aligerarme,
Pido crisoles,
Pido agua y alimento,
Pido amigos sin cordones ni tientos
Compañeros de camino,
Pido sol
Pido noche
Pido casas
Pido carpas
Pido tierra mia
Pido estrellas que me recuerden
Lo infinito del universo.
Noviembre 2016

lunes, 31 de octubre de 2016

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Monigote en la arena
Extraído, con autorización de su autora y sus editores, del libro Monigote en la arena (Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1984. Colección Libros del Malabarista).

La arena estaba tibia y jugaba a cambiar de colores cuando la soplaba el viento. Laurita apoyó la cara sobre un montoncito y le dijo:
—Por ser tan linda y amarilla te voy a dejar un regalo —y con la punta del dedo dibujó un monigote de seda y se fue.
Monigote quedó solo, muy sorprendido. Oyó como cantaban el agua y el viento. Vio las nubes acomodándose una al lado de la otra para formar cuadros pintados. Vio las mariposas azules que cerraban las alas y se ponían a dormir sobre los caracoles.
—Hola —dijo monigote, y su voz sonó como una castañuela de arena.
El agua lo oyó y se puso a mirarlo encantada.
—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —dijo preocupada y dio dos pasos hacia atrás para no mojarlo—. ¡Qué monigote más lindo, tenemos que cuidarte!
—¿Qué? ¿Es que puede pasarme algo malo? —preguntó monigote tirándose de los botones como hacía cuando se ponía nervioso.
—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —repitió el agua, y se fue a a avisar a las nubes que había un nuevo amigo pero que se podía borrar.
—Flu flu —cantaron las nubes—, monigote en la arena es cosa que dura poco. Vamos a preguntar a las hojas voladoras cómo podemos cuidarlo.
Monigote seguía tirándose los botones y estaba tan preocupado que ni siquiera probó los caramelitos de flor de durazno que le ofrecieron las hormigas.
—Crucri crucri —cantaron las hojas voladoras—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. ¿Qué podemos hacer para que no se borre?
El agua tendió lejos su cama de burbujas para no mojarlo. Las nubes se fueron hasta la esquina para no rozarlo. Las hojas no hicieron ronda. La lluvia no llovió. Las hormigas hicieron otros caminos.
Monigote se sintió solo solo solo.
—No puede ser —decía con su vocecita de castañuela de arena—, todos me quieren pero porque me quieren se van. Así no me gusta.
Hizo "cla cla cla" para llamar a las hojas voladoras.
—No quiero estar solo —les dijo—, no puedo vivir lejos de los demás, con tanto miedo. Soy un monigote de arena. Juguemos, y si me borro, por lo menos me borraré jugando.
—Crucri crucri —dijeron las hojas voladoras sin saber qué hacer.
Pero en eso llegó el viento y armó un remolino.
—¿Un monigote de arena? —silbó con alegría—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. Tenemos que hacerlo jugar.
"Cla cla cla", hizo monigote porque el remolino era como una calesita.
Las hojas voladoras se colgaron del viento para dar vueltas.
El agua se acercó tocando su piano de burbujas.
Las nubes bajaron un poquito, enhebradas en rayos de sol.
Monigote jugó y jugó en medio de la ronda dorada, y rió hasta el cielo con su voz de castañuela.
Y mientras se borraba siguió riendo, hasta que toda la arena fue una risa que juega a cambiar de colores cuando la sopla el viento.
Laura Devetach



Propuesta del Taller de Autobiografía de Victoria Branca

Frente a mi espejo
Mano a mano conmigo misma

¿Cómo te llamas y que pensas que dice tu nombre de vos?
Me llamo María Luz. María significa la amada de Dios y si bien no siempre sentí el amor de Dios con los años me supe y  se amada por Dios. Puedo decir de mi misma “que soy la amada de Dios”. Además para mi María es un nombre muy femenino y me conecta con la mujer; la mujer que soy sin preámbulos y sin tener que pedir permiso. Y el nombre Luz me encanta, porque habla de la luz interior que cada uno tiene, y que yo tengo. Esa Luz que viene dada pero que uno tiene que cuidar y expandir. 

Hay un texto de Galeano que habla de los fueguitos…
Es uno  de mis textos favoritos. En mi faceta de narradora lo conté en una presentación y en mi cumpleaños de 40.  Como Galeano creo que somos fuego, y que está en cada uno de nosotros, en las circunstancias que nos toque vivir, ser el fuego que podemos ser. Cuidar la llama. Creo en la capacidad de todo hombre de ser luz.


El mundo
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana.
Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.
Eduardo Galeano


Mirando los cuatro elementos ¿Qué tenes de cada uno (agua, tierra, viento y fuego)?
De agua diría la emocionalidad. Soy muy emocional, aunque más de una vez después me arrepenti de haber actuado desde ahí, me gusta que las emociones sean corrientes que atraviesen mi vida. Me gusta navegarme desde ahí. 
De la tierra diría que me gusta ser hogar. Tener hogar. Echar raíces. Construir. Habitarme.
Al viento lo relaciono con mi capacidad de soñar, moverme, dejarme mover… volar.
Y el fuego con mi estilo de vivir. Soy una apasionada y me gusta arder la vida. 

Además de los cuatro elementos están las piedras. Te gusta juntar piedras ¿por qué? ¿Qué significado les das en tu vida?
Desde hace un tiempo junto piedras y escribo sobre ella. Me maravilla saber que adentro de un guijarro hay miles de años de historia contenida. Historias que nunca voy a conocer. Pienso que las piedras son algo tan simple y a la a vez tan misterioso que me conmueve. Me gusta juntarlas sin saber por qué, esperando que algún día den sus frutos, susurren algún camino. Tengo varios escritos sobre las piedras  que comenzaron a brotar hace más de 15 años al sur. En un rancho de adobe alguien me dio una piedra con forma de corazón. “Corazón de piedra eso es lo que soy. Un corazón de piedra  rajado por la sangre de la vida. Un corazón de piedra sediento de esperanza. Un corazón de piedra al que va tallando el misterio del encuentro y la mano creadora imprimiendo su forma.”
Además me gustan los escritos sobre las piedras y creo que son muy significativas las piedras  de Hansel y Gretel que los llevaron de regreso a su hogar. 
Por último  siempre que alguien viaje aprovecho para pedir una piedra de regalo, algo sencillo de traer que termina siendo un giño, una certeza que la persona se acordó de mí.

¿Qué te gustaría dejar de legado?
A mis hijos  y alumnos me gustaría transmitirle lo maravilloso que es vivir con pasión; hacer las cosas siendo protagonistas. Dejar una huella en el mundo. Jugarse. Desplegarse. Animarse. Saberse amado y sostenido en Dios.
A Martín, Tobías, Josefina y Dimas también les devolvería palabras de lo que fueron sembrando en mí.
A Martín: Generosidad. Escucha. Discernimiento. 
A Tobi: Jugado. Ir Contracorriente. Original.
A Jose: Valentía. Camino. "Mamá rescatate"
A Dimas: Simpleza. Feliz. Disfrutar


¿Un cuento favorito?
Monigote en la arena de Laura Devetach. Lo ame cuando lo leí por primera vez y lo amo cada vez que lo traigo a mi memoria. Describe poeticamente y con sabor a mar la manera en que deseo que la VIDA me encuentre bailando la vida.

Si tuvieras que identificarte con un prócer. ¿Con quien te identificarías?
No sé si fue un prócer, pero me identifico con Mariano Moreno. Tal vez su veta de periodista es lo primero que me atrajo; pero lo que más me identifico es el entusiasmo con el que equivocado o no defendió sus ideas durante el 1810- Tengo grabada a fuego las palabras que dijo Cornelio Saavedra, su rival político, cuando murió en alta mar. “Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego”. Creo que cualquiera podría decir eso de mí también. 

Si tuvieras que agradecerle a la vida ¿Qué le dirías?
Gracias vida por recibirme y acunarme; por sostenerme cuando tuve familia y cuando no la tuve. Gracias por ofrecerme un lugar donde poder buscarme y encontrarme y darme amigas para poder hacerlo. Gracias por brindarme un sustento donde poder reconstruirme, construirme y construir. Gracias por la oportunidad. Gracias por darme un cielo donde soñar, y un cimiento desde donde despegar y desplegar. Gracias por darme maestros y compañeros de camino; por darme familia y no ocultarme la huella de Dios. Gracias por los amigos. Gracias por elevarme y humillarme. Por enseñarme a ser quien soy. Gracias por los mundos que me abrieron sus umbrales; y a los que llegue atravesó de  las almas, la tinta, barcos y aviones. Gracias por Martín, con quien aprendí y aprendo a caminar a ritmo y a destempo; a estirarme y a acomodarme; a sembrar y podar. 
Gracias por ser una soledad acompañada. 

jueves, 27 de octubre de 2016




Me gusta escribir porque puedo leerme.
Porque viajo a otras pieles,
Fluyo en otros seres.
Puedo ser árbol, puedo ser agua.
Soy protesta, soy plegaria.


Soy poesía.

Me gusta escribir porque puedo ser noche

O una pequeña llama

Que destella la vida y amanece en derredor.



Me gusta escribir porque galopo,
Amo, me desnudo

Y me dejo descubrir.

Porque juego, mato, muero

Rescato

Resucito

Y vuelvo a creer.

Me gusta escribir porque me desenriedo,

Me desanudo,

Me estiro, y ovillo.

Como galletitas de chocolate,

tejo y destejo la vida.
Soy hombre, soy mujer,
Soy dios, soy esclavo,
Son un verso por nacer.
Me gusta escribir porque
Fui concebida en una carta de amor;
Tinta roja, tinta azul corren por mis venas
Y mi alma vive embarazada de historias
Que buscan una hoja donde parir.

Me gusta escribir
porque de letras estoy hecha:
MARÍA LUZ





Vivas las queremos


No más mujeres asesinadas ni dentro ni fuera del vientre. 
No más mujeres golpeadas ni violadas.
No más mujeres calladas ni aterradas. 
No más mujeres luchando en soledad.




La felicidad es un tema que no tengo tan rumeado como el dolor y aun torpemente es bueno empezar a leerme desde ahi.
Y desde ahi salió esto: Tengo la sensacion que no está horneado. Lo pongo a disposición y lo dejo a sus criterios.
Tal vez esta intuición necesite mas cocción pero salió así.
El propósito de hoy: drenarlo.
Ya en esos días fue mutando un poco.

ME DOY PERMISO PARA SER FELIZ
Que tecla habrán activado en nosotros para que cada vez que nos suceden o hacemos que cosas lindas a nuestros alrededor nos sentimos con la obligación de justificarnos o con el pudor de minimizarnos.
No creo en el exhibisionismo (cualquier exceso de ostentación hasta de algo bueno termina siendo mal gusto) pero compartir la alegría o mejor dicho dejar que otros tomen los frutos que surgen de nuestra alegría, eso es generosidad.
Eso es sembrar.
Cuando el dolor llamo a mi puerta
Con los brazos estacados en una cruz que no elegí
tuve que recibirlo,
Enfrentarlo
Habitarlo.
Hacerlo mio hasta reconocerlo en mi cuerpo.
Nadie pregunto
Nadie juzgo
Nadie opinó
El dolor acampa sin levantar envidias
ni sospechas.
Cuando la alegría toco mi vida
Y despertó capullos en flor
Me entregue a su bondad
Dejándome brotar
milagro de primavera.
Entonces
Todos preguntaron
Todos juzgaron
Todos opinaron
Todos sospecharon.
Y hasta algunos envidiaron...
Hoy por medio de esta carta
Me doy permiso para ser felz-
Feliz sin preámbulos,
Sin explicaciones,
sin letras chiquitas.
Sin culpa.
Sin ostentar pero sin ocultarme.
Sin negar el cansancio de las batallas;
pero dejándome levantar por el elixir de la esperanza.
Hoy por medio de esta carta
Declaro y entrego mi tierra
Tantas veces infértil y seca
Para dejarme arar.
Sembrar felicidad.



“Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde” (1). Cerré el libro y los ojos mientras me mecía sobre la silla y dejaba que el suave sol del otoño me acariciara las mejillas.
Trate de recordar cuando tenía cinco años y una hora me resultaba una vida.
“¿Papa cuanto falta para llegar?”
“Ocho horas”
“¿Papa cuanto falta para llegar?”
“Cinco horas”
“¿Y ahora cuanta falta?”
“Tres horas”
“¿Falta mucho para llegar?”
“Dos horas”
“¿Estamos muy lejos?”
“En una hora llegamos.”
Como añoro ese tiempo de horas eternas donde resultaba tan sencillo estar conmigo misma.
Ahora mi vida se escurre mientras corro por agarrarme.
Si hubiera aprendido a habitar las horas llenas de nada ¿habría aprendido a vivir la vida o estaba destinada a que me viva la vida?
Respire hondo como si el aire pudiera eternizar mis pensamientos y detener unos minutos la carrera del reloj.
¿Cómo permití que se escaparan esas horas de juntos, como no aproveche para exprimirle un poco de ser a la vida, y llenarla de historias con nombres y emociones?
¿Porque había dejado que, como globos de helio, los minutos se escaparan vacíos de mis manos?
¿Porque me había quedado anestesiada viéndolos, como las olas, en un eterno y efímero llegar y partir?
¿Cómo deje que tan pronto fuera tarde?
Quisiera volver el tiempo atrás cuando los minutos eran minutos, y las horas horas y llenarlas de colores y sabores, de tejidos abrigados y ofrecidos, de abrazos recibidos, de intensos aromas de cafés y cigarros negros, de tardes habladas, manteles manchados y volcados, páginas escritas y reescritas y llantos llorados.
Quisiera volver el tiempo atrás y preguntarle a papá
“¿Cuánto falta?”
“Una hora”

“Entonces anda despacio así puedo agarrar un minuto y meterle adentro un poco de tiempo”

(1) El amante de Marguerite Duras.