miércoles, 9 de noviembre de 2016


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Y UN DIA BAILE

Cuando era una niña, o dejando de serlo…  En esa edad donde los miedos están a la orden del día, y las inseguridades afloran como los granos en los momentos y lugares menos pensados. En esa edad donde ya es un drama aceptar que las  lolas crecen desparejas  y el culo se infla como un globo aerostático, mi madre tuvo la feliz idea de proponerme hacer baile escoses.
Antes de continuar con mi relato voy a hacer dos aclaraciones. En el colegio al que iba todos los miércoles había optativo clases de baile escoses (nadie me pregunte sobre el porque y la utilidad de esto) y mi madre del corazón, no sanguínea, era irlandesa y  quería que yo bailara. Hoy mirando para atrás creo que hasta el momento no había entendido que por mis venas solo corrían espesos coágulos  gallegos y que lo más parecido que tenía a los irlandeses era una peca al costado de mis caderas.  Pero ella quería verme bailar con la boina entre las gaitas y polleras.
Así  fue como ese año en la lista dela exigente Miss Silvia figuraba entre las Doulan, Horsbourgh, Fellener O’tolle, una García (en esta oración cualquier comentario sería redundante), con mis empanaditas gallegas, tratando de no caerme de arriba de mis dedos gordos. Durante las primeras lecciones  las profesora recorría toda la fila de niñas  tratando de enseñarnos un “vadeva” y “punta-talón”, al cabo de un tiempo dejo de visitar el último lugar (el mío).

Los meses pasaron y llegó la muestra de fin del baile. No se porque jugada de la mente tengo borradas las precisiones y  sensaciones de esa fecha. Solo recuerdo  que ese día la estructurada Miss Silvia quebró con algunas de las tradiciones escolares y no le importó que fuera  la más petisa y que por criterio común me correspondía estar adelante y que mamá aplaudió loca, como si verdaderamente acabara de obtener la ciudadanía irlandesa y hasta se emociono  cuando mi mano se asomó por detrás de la odre y el brazo del gaitero.
Pero si uno cree que pasada la muestra había transcurrido lo peor se equivoca, porque a dicho evento le siguió la entrega de medallas. Ese año las autoridades del colegio que estaban empapadas de psicología habían decretado que todas las chicas de séptimo grado debían ser premiadas con una medalla para elevarnos la autoestima. Un reconocimiento para cada una delante de todo el colegio sonaba “estimulante”.
El segundo gran día de esta experiencia no se hizo esperar.  Ubicaron a todos los grados más altos  del colegio primario en el Hall central y a diferencia de otras entregas de premios, luego de un emotivo discurso empezaron dando los mejores premios: las medallas de oro. Cada bailarina que era nombrada tenía que acercarse a una tribuna improvisada en un costado mientras el resto aplaudía. Hubo siete medallas de oro (mi mejor amiga ganó una), 16 medallas de plata y una medalla de cobre…  No hace falta decir quien obtuvo esta última. Tuve  que levantarme entre toda las chicas del colegio tratando de mantener la frente en alto e ir a recibirla mientras los directivos me saludaban calurosamente convencidos de que estaban haciendo una obra de bien con mi autoestima.


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