Cuenta pendiente
Padre e hija estábamos frente a frente. La
bronca martillaba mi alma, y aunque hoy todavía me cueste admitirlo también el odio.
Los tajos en el corazón sangran dolor.
Esta vez no me importaba si él estaba
dispuesto a escucharme, yo necesitaba decirlo. Abrir la puerta de mi jaula.
“Papá sos
tan hiriente. Me lastimaste tanto...”
pero no pude seguir porque él se derrumbó como un viejo león herido
sobre su sillón y agarrándose con las dos manos el pecho empezó a gritar
“Me ahogo, me muero. Es mi corazón... Llamá a
alguien”.
Un frío metálico me penetro en la punta de la
cabeza recorriéndome toda la espalda. El
drama de la escena congeló el tiempo. Quería volver para atrás y borrar de un
plumazo los últimos minutos. ¿Cómo se me había ocurrido hablar? ¿Por qué ahora
después de tantos años? ¿Con que
fin?
Estaba muy asustada. Dentro de mi
pecho podía sentir como el corazón
temblaba. Un grito sordo de auxilio se ahogo en mi garganta.
De repente
abrí los ojos y estaba en mi cama. Rodrigo dormía al lado mío y las
estrellas seguían titilando en la noche. Una calma espesa reinaba en el cuarto.
El galope de la sangre corriendo por mis venas retumbaba en mi cabeza.
Papá no
estaba muerto y yo no había hablado con él, cosa que creo nunca podré hacer.
Papá desde muy chica me enseñó a callar.
Papá
desde muy chica me enseño la culpa.
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