domingo, 13 de noviembre de 2016


Cuenta pendiente 

Padre e hija estábamos frente a frente. La bronca martillaba mi alma, y aunque hoy todavía me cueste admitirlo también el odio. 
Los tajos en el corazón sangran dolor.
Esta vez no me importaba si él estaba dispuesto a escucharme, yo necesitaba decirlo. Abrir la puerta de mi jaula. 
“Papá sos tan hiriente. Me lastimaste tanto...”  pero no pude seguir porque él se derrumbó como un viejo león herido sobre su sillón y agarrándose con las dos manos el pecho empezó a gritar  
“Me ahogo, me muero. Es mi corazón... Llamá a alguien”.
Un frío metálico me penetro en la punta de la cabeza  recorriéndome toda la espalda. El drama de la escena congeló el tiempo. Quería volver para atrás y borrar de un plumazo los últimos minutos. ¿Cómo se me había ocurrido hablar? ¿Por qué ahora después de  tantos años? ¿Con que fin?   
Estaba muy asustada. Dentro de mi pecho podía sentir como el corazón  temblaba. Un grito sordo de auxilio se ahogo en mi garganta. 
De repente  abrí los ojos y estaba en mi cama. Rodrigo dormía al lado mío y las estrellas seguían titilando en la noche. Una calma espesa reinaba en el cuarto. El galope de la sangre corriendo por mis venas retumbaba en mi cabeza.
 Papá no estaba muerto y yo no había hablado con él, cosa que creo nunca podré hacer.

Papá desde muy chica me enseñó a callar. 
Papá desde muy chica me enseño la culpa.

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