
Se reconocieron. Se tomaron de las manos y comenzaron a marchar.
Ejército sin armas. Muro inquebrantable, de corazones quebrados. Ola de zapatos rojos que devoraba las calles de la ciudad.Estoicas, secas de tanto llanto sin explicación ni justicia, llevaban el cartel de sus hijas en el pecho y el “ni una menos” tatuado en el alma.
Marita Veron. Ángeles Rawson. Florencia Penacchi. Érica Soriano. María Cash. Micaela Bravo. Lola Chomnalez. Melina Romero.
Tristes estandartes de una batalla a la que a ninguna familia deberían convocar.
La sola presencia de esta procesión enlutaba la Capital y quienes las cruzaban no podían más que inclinarse ante tan sagrado dolor.
Atrás de ellas miles de otras: anónimas, doloridas, asustadas y convulsionadas; leventemente iluminadas con el candil de una vela, las sostenían con sus gritos. Mujeres del calvario las llamaría Lucas en su Evangelio, mujeres de llantos y gemidos; que se dejaron atravesar por el dolor de aquellas que por la oscura voluntad de algún hombre habían tenido que enterrar a sus hijas. Ellas, las de atrás, se permitían clamar, doblarse, putear, bramar.
Las madres no hablaban. No gritaban. Ya ni siquiera lloraban. Sólo caminaban, como zombis tomando la ciudad; como cansados espectros viviendo la eternidad. Algo las hermanaba y no era un cartel, sino las miradas que traspasaban esta historia buscando vida en otra dimensión.
No necesitaban decir. A muchas ya las habíamos oído una y mil veces en la televisión rogando por sus hijas. Implorando en algún momento piedad y en otro, justicia.
Derrotadas por la realidad, y de pie por la honra avanzaban por el asfalto.
Estériles en palabras. Una densa sombra las cubría. Ya no era tiempo de cámaras ni de pedidos de misericordia. Todas caminaban arqueadas por el peso de un punto y aparte en sus espaldas.
Su silencio era más ensordecedor que cualquier grito y como una púa afilada, traspasaba el corazón de realidad.
Sus gargantas acalladas laceraban.
Sus ojos sombríos quemaban.
Sus interrogantes asesinados disparaban.
Y todos nosotros, espectadores mudos, sabíamos lo que ellas decían cuando callaban.
14 de junio
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