jueves, 27 de octubre de 2016




“Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde” (1). Cerré el libro y los ojos mientras me mecía sobre la silla y dejaba que el suave sol del otoño me acariciara las mejillas.
Trate de recordar cuando tenía cinco años y una hora me resultaba una vida.
“¿Papa cuanto falta para llegar?”
“Ocho horas”
“¿Papa cuanto falta para llegar?”
“Cinco horas”
“¿Y ahora cuanta falta?”
“Tres horas”
“¿Falta mucho para llegar?”
“Dos horas”
“¿Estamos muy lejos?”
“En una hora llegamos.”
Como añoro ese tiempo de horas eternas donde resultaba tan sencillo estar conmigo misma.
Ahora mi vida se escurre mientras corro por agarrarme.
Si hubiera aprendido a habitar las horas llenas de nada ¿habría aprendido a vivir la vida o estaba destinada a que me viva la vida?
Respire hondo como si el aire pudiera eternizar mis pensamientos y detener unos minutos la carrera del reloj.
¿Cómo permití que se escaparan esas horas de juntos, como no aproveche para exprimirle un poco de ser a la vida, y llenarla de historias con nombres y emociones?
¿Porque había dejado que, como globos de helio, los minutos se escaparan vacíos de mis manos?
¿Porque me había quedado anestesiada viéndolos, como las olas, en un eterno y efímero llegar y partir?
¿Cómo deje que tan pronto fuera tarde?
Quisiera volver el tiempo atrás cuando los minutos eran minutos, y las horas horas y llenarlas de colores y sabores, de tejidos abrigados y ofrecidos, de abrazos recibidos, de intensos aromas de cafés y cigarros negros, de tardes habladas, manteles manchados y volcados, páginas escritas y reescritas y llantos llorados.
Quisiera volver el tiempo atrás y preguntarle a papá
“¿Cuánto falta?”
“Una hora”

“Entonces anda despacio así puedo agarrar un minuto y meterle adentro un poco de tiempo”

(1) El amante de Marguerite Duras. 

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