Cuando era una niña, o dejando de serlo… En esa edad donde los miedos están a la orden
del día, y las inseguridades afloran como los granos en los momentos y lugares menos
pensados. En esa edad donde ya es un drama aceptar que las lolas crecen desparejas y el culo se infla como un globo aerostático, mi
madre tuvo la feliz idea de proponerme hacer baile escoses.
Antes de continuar con mi relato voy a hacer dos
aclaraciones. En el colegio al que iba todos los miércoles había optativo
clases de baile escoses (nadie me pregunte sobre el porque y la utilidad de
esto) y mi madre del corazón, no sanguínea, era irlandesa y quería que yo bailara. Hoy mirando para atrás
creo que hasta el momento no había entendido que por mis venas solo corrían
espesos coágulos gallegos y que lo más
parecido que tenía a los irlandeses era una peca al costado de mis caderas. Pero ella quería verme bailar con la boina
entre las gaitas y polleras.
Así fue como ese año en la lista
dela exigente Miss Silvia figuraba entre las Doulan, Horsbourgh, Fellener O’tolle,
una García (en esta oración cualquier comentario sería redundante), con mis
empanaditas gallegas, tratando de no caerme de arriba de mis dedos gordos.
Durante las primeras lecciones las
profesora recorría toda la fila de niñas tratando de enseñarnos un “vadeva” y “punta-talón”,
al cabo de un tiempo dejo de visitar el último lugar (el mío).
Los meses pasaron y llegó la muestra de fin del baile. No se
porque jugada de la mente tengo borradas las precisiones y sensaciones de esa fecha. Solo recuerdo que ese día la estructurada Miss Silvia quebró
con algunas de las tradiciones escolares y no le importó que fuera la más petisa y que por criterio común me
correspondía estar adelante y que mamá aplaudió loca, como si verdaderamente
acabara de obtener la ciudadanía irlandesa y hasta se emociono cuando mi mano se asomó por detrás de la odre
y el brazo del gaitero.
Pero si uno cree que pasada la muestra había transcurrido lo
peor se equivoca, porque a dicho evento le siguió la entrega de medallas. Ese
año las autoridades del colegio que estaban empapadas de psicología habían
decretado que todas las chicas de séptimo grado debían ser premiadas con una
medalla para elevarnos la autoestima. Un reconocimiento para cada una delante
de todo el colegio sonaba “estimulante”.
El segundo gran día de esta experiencia no se hizo esperar. Ubicaron a todos los grados más altos del colegio primario en el Hall central y a
diferencia de otras entregas de premios, luego de un emotivo discurso empezaron
dando los mejores premios: las medallas de oro. Cada bailarina que era nombrada
tenía que acercarse a una tribuna improvisada en un costado mientras el resto aplaudía.
Hubo siete medallas de oro (mi mejor amiga ganó una), 16 medallas de plata y
una medalla de cobre… No hace falta
decir quien obtuvo esta última. Tuve que
levantarme entre toda las chicas del colegio tratando de mantener la frente en
alto e ir a recibirla mientras los directivos me saludaban calurosamente
convencidos de que estaban haciendo una obra de bien con mi autoestima.