domingo, 13 de noviembre de 2016



Yo sabía que le había escrito a la luna, compañera en la oscuridad.
Septiembre 1998


Mi Luna

Yo puedo escribir de la Luna
porque siempre le hablé a la Luna.
Aquel testigo mudo
de tantos encuentros.
          
La Luna,
sólo ella 
sabe que una media luna
puede ser faro en las sombras
o una rendija por donde se escapa
la eternidad

La Luna,
sólo ella 
sabe de esas lágrimas 
que más de una noche 
se desparramaron como estrellas
sobre mi almohada.

La Luna,
sólo ella
pudo devolverme un poquito de la luz
que me había robado el cielo.

La luna, 
Nuestra Luna, 
Perla de mi universo,
Anhelo en mi oscuridad.

La luna, 
Nuestra Luna,
la misma que un impiadoso decapitador de ilusiones
dejó morir en mis manos

“La luna es un astro que ni siquiera tiene luz”

¿Y mi Luna ?
¿Y nuestra Luna ?
Quién contestará estas preguntas,
si ya no estás acá, mamá.


Hoy buscando algún escrito sobre la luna encontré esto que escribí en octubre del 97. Ni sabía que existía.  Es un poquito pedante... pero es parte de mi historia, de como creci.  Hoy a nadie le diria "Escribe" imperativamente... en todo caso le pediria por favor y despues para dejarme leerlo.

CARTA DE ALGUIEN, QUE SIN SER NADIE, SE ANIMÓ A ESCRIBIR

Del sol y la luna,
de la lluvia y el viento,
escribe.

De tus amores y tus guerras,
de tu llanto y tu risa,
escribe.

Porque no hay razón tan poderosa
ni causa suficiente 
que te impidan escribir.

De los océanos y las estrellas,
de las acacias y golondrinas,
escribe.

De tu soledad y tus amigos,
de tus obsesiones y pasiones,
escribe.

Porque no hay critico tan importante
ni estilo tan tajante
que te impidan escribir

Escribe...
Explora en tus miedos
Revuelve los sentimientos
Nada en tus emociones
Gráfica los hechos
Vuelca tu alma.
Escribe.

No tengas miedo
porque todos tenemos algo
que decir.
No te avergüences
porque todos tenemos algo
que oír.

Por favor, escribe.


Ombligo (1999)
En el medio de la panza tengo un botón. Mamá también tiene su botón, papá también y mi hermanita también.
Yo no sé para qué sirve mi botón. A lo mejor sea un ojo dormido, o por ahí cuando sea más grande se abra y pueda usarlo para comer más rápido o el doble, sólo si la comida es rica. Mi botón no necesita hilo y mamá dijo que nunca se va a descoser. Siempre va a estar ahí. Por ahora no hace nada, pero todo el mundo lo usa. Mi abuela lo hace sonar como un timbre, mamá lo llena de besos cuando me cambia y mi hermanita, a veces, me lo aprieta.

Yo sé que mi botón tiene muchos nombres, pero yo prefiero llamarlo botón y creer que cuando era muy, pero muy chiquito, estaba abrochado a la panza de mi mamá.

Cuenta pendiente 

Padre e hija estábamos frente a frente. La bronca martillaba mi alma, y aunque hoy todavía me cueste admitirlo también el odio. 
Los tajos en el corazón sangran dolor.
Esta vez no me importaba si él estaba dispuesto a escucharme, yo necesitaba decirlo. Abrir la puerta de mi jaula. 
“Papá sos tan hiriente. Me lastimaste tanto...”  pero no pude seguir porque él se derrumbó como un viejo león herido sobre su sillón y agarrándose con las dos manos el pecho empezó a gritar  
“Me ahogo, me muero. Es mi corazón... Llamá a alguien”.
Un frío metálico me penetro en la punta de la cabeza  recorriéndome toda la espalda. El drama de la escena congeló el tiempo. Quería volver para atrás y borrar de un plumazo los últimos minutos. ¿Cómo se me había ocurrido hablar? ¿Por qué ahora después de  tantos años? ¿Con que fin?   
Estaba muy asustada. Dentro de mi pecho podía sentir como el corazón  temblaba. Un grito sordo de auxilio se ahogo en mi garganta. 
De repente  abrí los ojos y estaba en mi cama. Rodrigo dormía al lado mío y las estrellas seguían titilando en la noche. Una calma espesa reinaba en el cuarto. El galope de la sangre corriendo por mis venas retumbaba en mi cabeza.
 Papá no estaba muerto y yo no había hablado con él, cosa que creo nunca podré hacer.

Papá desde muy chica me enseñó a callar. 
Papá desde muy chica me enseño la culpa.

viernes, 11 de noviembre de 2016




De Francia me traje azúcar en cuadraditos, como los que habia en lo de mi querida abuela Beli. Pense que no existian más, que se habían ido con ella.
Pero la vida  tiene esto de lindo... descubrir que nadie se va totalmente y que si uno esta atento  nos podemos encontrar hasta en una góndola de supermercado...
En un Terrón de azúcar.


Cuando enseñar se convierte en una experiencia divertida.
Disfrazada del cieguito Bartimeo rumbo a sala de 5!!!
Toda una aventura de aprender y enseñar.

miércoles, 9 de noviembre de 2016


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Y UN DIA BAILE

Cuando era una niña, o dejando de serlo…  En esa edad donde los miedos están a la orden del día, y las inseguridades afloran como los granos en los momentos y lugares menos pensados. En esa edad donde ya es un drama aceptar que las  lolas crecen desparejas  y el culo se infla como un globo aerostático, mi madre tuvo la feliz idea de proponerme hacer baile escoses.
Antes de continuar con mi relato voy a hacer dos aclaraciones. En el colegio al que iba todos los miércoles había optativo clases de baile escoses (nadie me pregunte sobre el porque y la utilidad de esto) y mi madre del corazón, no sanguínea, era irlandesa y  quería que yo bailara. Hoy mirando para atrás creo que hasta el momento no había entendido que por mis venas solo corrían espesos coágulos  gallegos y que lo más parecido que tenía a los irlandeses era una peca al costado de mis caderas.  Pero ella quería verme bailar con la boina entre las gaitas y polleras.
Así  fue como ese año en la lista dela exigente Miss Silvia figuraba entre las Doulan, Horsbourgh, Fellener O’tolle, una García (en esta oración cualquier comentario sería redundante), con mis empanaditas gallegas, tratando de no caerme de arriba de mis dedos gordos. Durante las primeras lecciones  las profesora recorría toda la fila de niñas  tratando de enseñarnos un “vadeva” y “punta-talón”, al cabo de un tiempo dejo de visitar el último lugar (el mío).

Los meses pasaron y llegó la muestra de fin del baile. No se porque jugada de la mente tengo borradas las precisiones y  sensaciones de esa fecha. Solo recuerdo  que ese día la estructurada Miss Silvia quebró con algunas de las tradiciones escolares y no le importó que fuera  la más petisa y que por criterio común me correspondía estar adelante y que mamá aplaudió loca, como si verdaderamente acabara de obtener la ciudadanía irlandesa y hasta se emociono  cuando mi mano se asomó por detrás de la odre y el brazo del gaitero.
Pero si uno cree que pasada la muestra había transcurrido lo peor se equivoca, porque a dicho evento le siguió la entrega de medallas. Ese año las autoridades del colegio que estaban empapadas de psicología habían decretado que todas las chicas de séptimo grado debían ser premiadas con una medalla para elevarnos la autoestima. Un reconocimiento para cada una delante de todo el colegio sonaba “estimulante”.
El segundo gran día de esta experiencia no se hizo esperar.  Ubicaron a todos los grados más altos  del colegio primario en el Hall central y a diferencia de otras entregas de premios, luego de un emotivo discurso empezaron dando los mejores premios: las medallas de oro. Cada bailarina que era nombrada tenía que acercarse a una tribuna improvisada en un costado mientras el resto aplaudía. Hubo siete medallas de oro (mi mejor amiga ganó una), 16 medallas de plata y una medalla de cobre…  No hace falta decir quien obtuvo esta última. Tuve  que levantarme entre toda las chicas del colegio tratando de mantener la frente en alto e ir a recibirla mientras los directivos me saludaban calurosamente convencidos de que estaban haciendo una obra de bien con mi autoestima.


domingo, 6 de noviembre de 2016



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Se reconocieron. Se tomaron de las manos y comenzaron a marchar.
Ejército sin armas. Muro inquebrantable, de corazones quebrados. Ola de zapatos rojos que devoraba las calles de la ciudad.
Estoicas, secas de tanto llanto sin explicación ni justicia, llevaban el cartel de sus hijas en el pecho y el “ni una menos” tatuado en el alma.
Marita Veron. Ángeles Rawson. Florencia Penacchi. Érica Soriano. María Cash. Micaela Bravo. Lola Chomnalez. Melina Romero.
Tristes estandartes de una batalla a la que a ninguna familia deberían convocar.
La sola presencia de esta procesión enlutaba la Capital y quienes las cruzaban no podían más que inclinarse ante tan sagrado dolor.
Atrás de ellas miles de otras: anónimas, doloridas, asustadas y convulsionadas; leventemente iluminadas con el candil de una vela, las sostenían con sus gritos. Mujeres del calvario las llamaría Lucas en su Evangelio, mujeres de llantos y gemidos; que se dejaron atravesar por el dolor de aquellas que por la oscura voluntad de algún hombre habían tenido que enterrar a sus hijas. Ellas, las de atrás, se permitían clamar, doblarse, putear, bramar.
Las madres no hablaban. No gritaban. Ya ni siquiera lloraban. Sólo caminaban, como zombis tomando la ciudad; como cansados espectros viviendo la eternidad. Algo las hermanaba y no era un cartel, sino las miradas que traspasaban esta historia buscando vida en otra dimensión.
No necesitaban decir. A muchas ya las habíamos oído una y mil veces en la televisión rogando por sus hijas. Implorando en algún momento piedad y en otro, justicia.
Derrotadas por la realidad, y de pie por la honra avanzaban por el asfalto.
Estériles en palabras. Una densa sombra las cubría. Ya no era tiempo de cámaras ni de pedidos de misericordia. Todas caminaban arqueadas por el peso de un punto y aparte en sus espaldas.
Su silencio era más ensordecedor que cualquier grito y como una púa afilada, traspasaba el corazón de realidad.
Sus gargantas acalladas laceraban.
Sus ojos sombríos quemaban.
Sus interrogantes asesinados disparaban.
Y todos nosotros, espectadores mudos, sabíamos lo que ellas decían cuando callaban.
14 de junio


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Con la mirada en el suelo
Fui olvidando estrellas
y me abrace hombre de tierra
Civilizado
Encadenándo con orgullo a las leyes de la vida.
Olvidando como desplegar velas.

Tomo prestada esta imagen común:
“Soy animal de costumbre”
Para llenarla de rutinas, comportamientos,
preguntas, e interpelaciones.
Soy animal de costumbre.
Sosegado,
Aplacado,
Amansado.
Contrapongo el sedentarismo y el peregrinar,
Como si vivir se tratara de una elección entre ambas.
Sin asomarme a la vida que despierta
En la grieta.
Yo que fui educada para permanecer
Obediente, dócil, y maleable.
Hoy deseo volverme intrépida y liviana
Y aprender a desacampar tiendas,
Andar nuevas oportunidades
Con los ojos y las manos abiertas.
Pido la audacia al viento,
Pido las alas de los pájaros en vuelo,
Pido manada,
Pido empujones,
Pido palabras de aliento,
Pido cargas livianas,
Pido posadas donde aligerarme,
Pido crisoles,
Pido agua y alimento,
Pido amigos sin cordones ni tientos
Compañeros de camino,
Pido sol
Pido noche
Pido casas
Pido carpas
Pido tierra mia
Pido estrellas que me recuerden
Lo infinito del universo.
Noviembre 2016